Publicada By  ramolva - Católico, Religión    

Amarás al otro como a ti mismo. Levítico 19:18 y Mc 12, 29-31

La vergüenza puede entenderse como temor a la desconexión o a la pérdida de comunión (común unión) con el otro. Es decir, hay algo de mí que, si el otro u otros lo conocen, no voy a ser digno de pertenecer aél/ellos.

Las personas que no sienten vergüenza no tienen capacidad de empatía. Lo que sustenta esta vergüenza es la creencia de que “NO SOY” o “no soy lo suficiente…” morena, guapa, rico, inteligente, posicionado, buena en la cama,…

Detrás de ese juicio en el que uno mismo es juez y fiscal lo que existe es un juicio personal preventivo antepuesto al juicio REAL del otro. En el fondo, lo que se esconde detrás de esta vergüenza es la vulnerabilidad insoportable y un orgullo estéril. El miedo al juicio del otro. Es que para poder entrar en comunión con el otro tenemos que dejarnos ver de verdad. Por eso tantos matrimonios fracasan. Es el resultado lógico de ocultarse en el noviazgo por el miedo a que el veredicto del juicio del otro acabe en la sentencia de la ruptura por la imposibilidad de entrar en comunión. Miedo a que el otro se muestre demasiado y no lo pueda querer como es.

Ser feliz está muy relacionado con el disfrute del amor y la pertenencia a otro/s. Para ello, el primer paso es sentirte digno del amor del otro. Como consecuencia, aparecerá la pertenencia mutua entre los que así se aman. Es decir, si crees que te mereces el amor del otro manifestándote como realmente eres entonces, aparecerá la comunión entre ambos.
Si aparece el temor a no merecer la conexión, entonces no puede darse la comunión. De forma preventiva evito mostrarme por miedo a la no aceptación. Una relación basada en la mentira acaba desmoronándose.

Coraje proviene de la palabra latina “cor” que significa corazón. El mejor antídoto contra la vergüenza es simplemente el coraje de ser imperfectos. El coraje de atreverse a asomarse al precipicio de nuestras propias inmundicias y el coraje de aceptarse como uno es.
No sólo hay que tener la valentía de lanzarse a ver lo que hay, sino la determinación de aceptar lo que haya. Para ello, hay que atreverse a aceptarse como se es, atreverse a manifestar la compasión por uno mismo, a ser amable consigo mismo. Sólo desde al amor a uno mismo, se podrá hacer lo mismo con los otros. De ahí que  no podemos practicar la compasión con otras personas si no podemos tratarnos con amabilidad.
Como resultado de la determinación a ser autenticos en primer lugar e íntegros tanto en lo que realmente se es como en lo que realmente se manifiesta, se puede dejar de lado lo que uno piensa que debe ser para ser quien es realmente. Incluso aunque a uno no le guste. Es el primer paso para acabar siendo quien uno desea ser: saber quien soy, aceptarme y emprender el camino el tiempo que me quede. Hacer esto implica arriesgarse a no ser aceptado por el otro. A cambio, también aceptaré al otro conforme realmente es y no como desearía que fuera. Si yo no me juzgo, tampoco juzgaré al otro. Si yo me amo, también podré amar al otro como es. Si acepto mis limitaciones, defectos, impotencias, anhelos,… también puedo estar en condiciones de hacerlo con el otro.
Corolario: No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados. Lc 6, 37 y Mt 7,1.
La precondición en la relación es aceptar plenamente la vulnerabilidad. La vulnerabilidad es algo necesario, te expone al otro, sin garantías, sin reservas, sin protección. La vulnerabilidad te hace más hermoso.

15 junio, 2012
 
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