Publicada By  ramolva - Novela    

Aquella mañana las olas lamían dulcemente la playa de arena beis. Sólo, allí sentado, fuera del alcance de las olas comedidas, la ausencia de nubes presagiaba un día de luz brillante y tal vez caluroso. Aunque tal vez, con el calor, aparecerían nubes que, llevadas hacia el interior, refrescarían la tierra agostada al atardecer, suavizando los rigores del estío. Mirándola en la distancia no se apreciaban los sutiles y diminutos granos de arena que la conformaban. Sólo aquellos que estaban al alcance de la mano eran perceptibles. Tal era la suavidad y delicadeza de aquella arena fina que te acogía suavemente cuando te reclinabas sobre ella. Ciertamente no podía rivalizar con un colchón viscoelástico, pero no por ello desmerecía su tacto sedoso y sensual ni su capacidad de acogida de un cuerpo cansado como el mío, a pesar de que todavía no había salido el sol.

Las olas seguían intentando escalar la suave pendiente de la playa sin conseguirlo. Lánguidamente se arrojaban sobre la costa en una monótona danza que se repetía incesantemente. Me llamó la atención su persistencia y la inutilidad aparente de su baile. La indolencia con la que el mar intentaba arañar unos metros más a la playa parecía denunciar la claudicación implícita de sus objetivos. Una rendición a todas luces evidente. Es el soldado que sigue tocando la corneta a pesar de haber perdido ya la batalla. Y sin embargo la sigue tocando.

Si realmente ya no tenía nada que hacer, entonces ¿por qué lo hacía? Si a todas luces había perdido la batalla, ¿por qué seguir guerreando? Para una mentalidad práctica como la mía, eso era ciertamente uh desperdicio de recursos. Y sin embargo, había algo en esa actitud que me cautivaba y atraía. Dejé la mente en blanco intentado llenarme sólo de aquellos sonidos monótonos; intentando visualizar con los ojos cerrados cómo las olas rompían tímidamente sobre la arena, de forma sincronizada con el susurro quedo que oía.

No sé cuánto tiempo pasé escuchando lo que el mar me decía… Y entonces, lo entendí. Estaba en su naturaleza. El mar no podía dejar de arrojar olas a la costa. Si dejaba de hacerlo, dejaría de ser mar. Se convertiría en una extensión sin vida de agua mansa. Fría, apática, sin sentido, sin objetivos, sin ninguna utilidad al fin y al cabo.

Aunque aparentemente aquella playa no había cambiado sustancialmente en el corto periodo de tiempo que estuve allí sentado aquella mañana, el mar no podía dejar de mandar olas a aquella playa, aunque sólo fueran testimoniales. Es como un faro, que aunque no ilumina nada ni realiza trabajo aparente, no puede dejar de rodar y mandar su luz, incluso aunque nunca jamás haya salvado a nadie de un naufragio. Está en su naturaleza. Como el monje que reza en soledad. Entonces me vino un sobrecogimiento al observar al mar como un monje que rezaba laudes por la mañana antes del amanecer, todos los días, a todas horas y me vino a la mente aquel salmo “…Aclama al Señor, tierra entera…”. Había presenciado un instante de eternidad, un momento místico en el que el mar era sorprendido rezando al Señor. Una suave brisa cruzó.

Abrí los ojos y vi una cascada de tonalidades anaranjadas que subían hasta el azul oscuro y en ese instante, un diminuto brillo naranja intenso marcó oficialmente el comienzo de aquel día.

“Estaba en su naturaleza”. Esa frase se me repetía una y otra vez en mi mente. Así debía de ser yo. Aunque las circunstancias fueran contrarias, del todo punto imposibles de cambiar, aunque la causa fuera perdida, a pesar de los reveses, no debería dejar de intentarlo, una y otra vez. A veces con grandes olas y estruendos de tormentas, otras apaciblemente, pero siempre con tenacidad, siempre la constancia del que cree en la causa, del que sabe que quien persevera, al final, acaba ganando, convencido de la bondad de sus actos, porque… está en su naturaleza.

23 julio, 2012